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Monday March 25, 2019
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Nuestra Señora de Guadalupe: Justicia para los Marginados

Homilía para la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe 2018

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Zacarías 2:14-17; Apocalipsis 11,19a, 12, 1-6a, 10ab;1,26-38

Most Reverend Joseph J. Tyson, Bishop of Yakima

 

(NOTE: Bishop Tyson preached this homily in Spanish only. The English translation is available as a courtesy to readers.)

¡La paz sea con ustedes! Todos los años concluyo las celebraciones diocesanas en honor de Nuestra Señora de Guadalupe con una Misa final aquí en la Catedral. Como la madre iglesia de la Diócesis de Yakima la Catedral es muy parecida al manto de Nuestra Señora de Guadalupe extendiendo su protección y recibiendo a cualquier peregrino de cualquier parroquia que venga a nuestros servicios. Por lo tanto, todos ustedes también son bienvenidos y a todos los de las parroquias vecinas extendemos una especial bienvenida. Gracias por unirse a nosotros y sepan que la Catedral es también su parroquia.

Sin embargo, el manto de la Santísima Virgen María con su aparición en el Tepeyac tiene un significado muy particular para todos nosotros también. Como ustedes saben hay muchas devociones de la Santísima Virgen María: Lourdes en Francia, Fátima en Portugal, Czestochowa en Polonia, Altötting en Alemania, y La Vang en Vietnam sólo para nombrar unas cuantas. Lo que marca su aparición en lo que sería hoy la Ciudad de México como única es que – entre todas las otras devociones – esta es la única aparición en donde la Santísima Virgen María aparece como una mujer embarazada.

Noten bien las imágenes de su manto. Ella es grande con el niño. Los símbolos y decoraciones de su manto son realmente símbolos aztecas de fertilidad. Para los pueblos antiguos de México, al ver su manto y su vestido ellos al instante sabían que esta Santísima Virgen María estaba por dar a luz.

¿Y qué dice ella cuando descubre que está por dar a luz al salvador del mundo? ¿Cuál es el mensaje central del misterio del rosario que llamamos la "visitación"? Su reacción a la noticia es lo que ella le dice a su prima Isabel: "¡El Todopoderoso hizo grandes cosas para mí! ¡Santo es su nombre! su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo. Dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada."

Permítanme hacer una pausa en este momento. Estas palabras cuando María descubre que está por dar a luz al Salvador son palabras que profetizan el poder de Dios en un mundo corrupto y pecaminoso. Estas palabras no son palabras de consuelo para los que construyen muros. Estas palabras no son palabras de consuelo para los que secuestran y extorsionan. Estas palabras no son palabras de consuelo para los que separan a los niños de sus padres. Estas palabras no son palabras de consuelo para los que le dan la espalda a los que buscan asilo, a los migrantes y refugiados.

En una parte muy reveladora de su encíclica “Spe Salve” nuestro Santo Padre Emérito el Papa Benedicto Decimosexto habla sobre el juicio final – no tanto como un acto de justicia sino como de misericordia. En un giro inusual, Benedicto cita al filósofo alemán Theodor Adorno de la Escuela de Filosofía Crítica de Frankfurt. Adorno como también muchos de sus colegas escaparon de la Alemania Nazi y la persecución de los judíos. Cuando Adorno regresó preguntó qué significaba la justicia para los que habían muerto en el Holocausto. Extendiendo esto, preguntó qué significaría la justicia para alguien a quien se haya negado la justicia en esta vida. Él concluyó que si la justicia fuera a tener algún significado, éste necesitaría ser retroactivo. Tendría que extenderse también a los muertos y no simplemente a los que están vivos y los que aún están por venir, quienes, con suerte, disfrutarán de los frutos de una justicia más humana.

Amigos, ustedes saben esto mejor que yo. No hay justicia humana para la joven madre en el valle bajo que regresa a su familia en México a cuidar de un padre anciano, fue secuestrada y sus seres queridos recibieron una nota de rescate demandando cierta cantidad de dinero que ellos no podían reunir. Cuando los familiares de aquí mandaron el dinero, ellos recibieron una bolsa de basura el siguiente día con la información de que recibirían el resto del cuerpo cuando entregaran el resto del dinero. No hay justicia humana para los que dejan su patria por la violencia de los narcotraficantes – narcotraficantes que florecen precisamente por nuestro gran mercado de drogas ilegales aquí en los Estados Unidos. No hay justicia para los jóvenes estudiantes fallecidos que estudiaban para ser maestros – “normalistas” – de la ciudad de Ayotzinapa, México que a lo mejor fueron asesinados por la policía local o por personal del ejército. No hay justicia humana para uno de nuestros propios sacerdotes de Yakima cuyo hermano fue secuestrado y asesinado como parte de una extorsión. No hay justicia humana para las familias aquí en Yakima que perdieron a su hijo por la violencia de las pandillas. Ninguna justicia puede traer de regreso a los seres queridos. No hay justicia humana para los que de otra manera cumplen con la ley pero son barridos en redadas de inmigración y son deportados sin el debido proceso legal. No hay justicia humana en la difamación de los líderes políticos que se refieren a los mejicanos como violadores, y que promueven las emociones más bajas de sus seguidores políticos para obtener ganancias electorales.

Benedicto Decimosexto entrando en la visión filosófica de Teodor Adorno sugiere que esto es precisamente como razonamos sobre el juicio final que vendrá al final de los tiempos, cuando – al igual que Jesús – todos serán resucitados de la muerte. En nuestro mundo tendemos a ver la justicia y la misericordia como competitivas. Tendemos a ver la virtud de la misericordia como sacudiendo el margen de las demandas humanas de justicia. ¿Qué es la justicia si ésta no resulta en el castigo del ofensor? ¿Cómo puede la justicia y la misericordia coexistir? El Papa Benedicto sugiere que el juicio final es el último acto de misericordia – misericordia para aquellos cuyas demandas por justicia no fueron cumplidas durante su vida terrenal pero donde – al final de los tiempos – todos transparentemente verán los hechos de los malhechores juzgados justamente y cuando – como María proclama – Dios sacará a los poderosos de sus tronos y pondrá en su lugar a los humildes.

Cuando miramos esta imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ¿cómo vamos a asimilar las grandes exigencias de las que ella habla en su Magnificat? Al igual que ella debemos reverenciar a su niño por nacer – Jesús. Si queremos que la justicia prevalezca en nuestra vida cotidiana – y mucho menos para nosotros mismos al final de los tiempos – entonces debemos dedicarnos a la justicia por los no nacidos cuyas vidas son amenazadas por el tormento del aborto. Sin el derecho a la vida los otros derechos humanos no existen. Sin justicia para los no nacidos no habrá más justicia para nadie. La forma en que tratemos a los más vulnerables en nuestro medio es la prueba de justicia para todos los demás.

Lo que une a los no nacidos con los indocumentados es su falta de estatus legal y como resultado, su falta de acceso a la justicia. Nuestra mirada piadosa a esta imagen única de la Santísima Virgen María embarazada, esta aparición de Nuestra Señora de Guadalupe que lleva en su vientre al niño por nacer – Jesús – puede revelarnos mucho sobre la justicia y debemos repetir cada vez que decimos las palabras de la famosa oración el Magnificat.

Por lo tanto, permítanme concluir con toda la oración que María proclama cuando descubre que está embarazada y que va a dar a luz a Jesús el salvador del mundo.

 

Mi alma glorifica al Señor

y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,

porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa

Todas las generaciones,

porque ha hecho en mí grandes cosas

el que todo lo puede.

Santo es su nombre,

y su misericordia llega de generación en generación

a los que lo temen.

Ha hecho sentir el poder de su brazo:

Dispersó a los de corazón altanero,

destronó a los potentados

y exaltó a los humildes.

a los hambrientos los colmó de bienes

y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia,

vino en ayuda de Israel, su siervo,

como lo había prometido a nuestros padres,

a Abrahán y a su descendencia,

Para siempre.